ted2.jpg Hace algunos años, cuando vivía la espectacular experiencia de un campo de entrenamiento, ese mítico mes que antecede al comienzo oficial de la temporada de Grandes Ligas, llegué a la población de Winter Haven, sede del equipo Indios de Cleveland, con el claro objetivo de lograr entrevistas para la televisiòn nacional.


Tales entrevistas estaban orientadas hacia el creciente número de peloteros venezolanos pertenecientes a las diferentes organizaciones de las mayores. En esa localidad, Omar Vizquel representaba el centro de atención de todos los reporteros criollos que año tras año hacían el viaje. Unos para trabajar y otros tantos para aparentar que lo hacían, cuando la mayoría estábamos conscientes de que sólo acudían a los Estados Unidos por el puro amor al deporte y a la fantasía de conversar con sus “panas grandesligas”.
Llegando a la zona destinada al entrenamiento de jugadores de liga menor, en la misma estructura del complejo “Chain Lakes Park”, me topé con un señor que, a pesar de consustanciarse con una edad avanzada, no dejaba de mantener firmeza en sus movimientos y, lo más destacado de todo, no dejaba de saludar a quien se le ponía por delante.
¿Quién era este señor que tanta atención generaba?… Por el porte, pensé, quizás era una celebridad “hollywoodense”, como muchas que año tras año se traslada a los entrenamientos para aprovechar su fama y codearse con los beisbolistas, de tú a tú, porque después de todo, artistas o no, el beisbol no escapaba de sus preferencias infantiles.
Muchos nombres pasaron por mi mente, en el intento de determinar sin pasar por la vergüenza de preguntar el del canoso individuo que todos saludaban, incluso más de una vez.
Repentinamente, y como en las novelas cursis, “una luz iluminó mi entendimiento…” y ante mí, estaba el más grande bateador de todos los tiempos: Ted Williams.
El segundo paso, obviamente, era tratar de conversar con él, pero… ¿me atendería? o sencillamente debía conformarme con el “saludo a la bandera” que todos recibían.
Decidido, y con la justificación previa en mi pensamiento, de que, si jugadores de mucho menor nivel me habían negado entrevistas, casi sería un honor que este legendario deportista lo hiciera, lo abordé.
Me acerqué y con voz fuerte, le dije en inglés: “Sr. Williams buenas tardes. Vengo de Venezuela y quisiera entrevistarlo para un periódico en el cual trabajo. ¿Tiene usted tiempo disponible para conversar?”. Su rostro curado ya por el sol, rojo de lo blanco que era, me vió con sus ojos de beisbol y me dio la respuesta más rara que pudiera un joven en su primer Spring Training recibir. “¿Tiempo?, me preguntó. Eso es justo lo que tengo hijo… yo estoy ya retirado”.
Le pregunté todo lo coherente que me vino a la cabeza e hilamos una interesante entrevista que duró casi una hora.
Me despedí y me confundió de inmediato la diferencia de personalidades entre los jugadores de beisbol. ¿Cómo se explica uno que Ted Williams, y los que saben del juego de sobra conocen de quien hablo, te conceda una hora de entrevista amena y sin interrupciones y algunos compatriotas, que no los ya consagrados, te dejaran esperando bajo el inclemente sol de Vero Beach, por ejemplo, a lo largo de tres horas para luego escaparse por otra puerta… Sin duda, la vida y sus afirmaciones tienen un gran peso en el curso de las realidades. Mientras más grande, más humilde. Sencillamente, si debes demostrar con desplantes y actitudes de “bocazas” que eres importante, subyace el contundente convencimiento de que en verdad no lo eres. La historia, en ese particular, tiende a no perdonar a los fanfarrones.
Nunca más pude ver a Williams en un entrenamiento primaveral, ni en parque alguno en persona. Sin embargo, guardo en mi memoria este capítulo como uno de los más gratos de mi desempeño dentro de esta hermosa y apasionante carrera dentro del juego de las bolas y strikes.
La admiración por Ted Williams, puede incluso palparse en el video “El Equipo del Siglo” de las Grandes Ligas. En el, se accede a una de las secciones previas a la salida de los jugadores al terreno para el show oficial. En un salón repleto de estrellas, todos deseaban ser vistos cerca de “la leyenda” del bateo. Todos, sin excepción, lucían como niños ante el más grande de sus ídolos.
Poco tiempo después, falleció, dejando tras de sí, un legado impresionante y un modelo a seguir, adornado por unos guarismos espectaculares en varios renglones ofensivos.
La anécdota que se le atribuye a tantos bateadores de la historia en la cual se le pregunta el promedio de bateo si jugase en estos tiempos y a la que contestó éste rondaría los .320 puntos, no porque los lanzadores fuesen más fuertes sino porque para el momento contaba con 70 años, no la reconoció como propia. Sin embargo, y a sabiendas de que no es verdadera, queremos seguir todos afirmando que si fue suya en realidad.